miércoles, mayo 10, 2006

Trabajadores de la víscera



A los trabajadores de la viscera les molesta mucho la doble moral. Y no me refiero a los que se sientan en los platós repartiendo axiomas de la vida privada de los personajes públicos a sabiendas de los intrascendental de su discurso. Hablo de los que se pagan su propia cámara y pasan horas y horas a la puerta de una estación, hospital u hotel, esperando que salga el personaje de turno a la lumbre de una lata de cola y una bolsa de patatas fritas rancias.
Hoy el escenario era la puerta de los juzgados de Sevilla. Yo iba porque a mi jefe le pareció muy importante para la opinión pública el juicio contra cinco jóvenes "de estética cani" (así lo hemos dicho en nuestro informativo) por haber propinado una paliza a un hombre. Ellos iban porque ese hombre no era otro que el dueño de una discoteca sevillana que hace un par de añosse enrolló con la duquesita. Es decir, un personaje de regional preferente en la liga del cotilleo.












Decía que a estos trabajadores de la viscera les molesta mucho la doble moral. Uno de ellos me decía que no soportaba a esos seudo-intelectuales como Alfonso Arús o Jesús Quintero (jamás metería yo estos nombre en el saco de la intelectualidad española) que se hartan de criticar a la prensa rosa cuando ellos hacen lo mismo. Me resultó curioso cómo sacaban la espada y combatían en la defensa de lo que les da de comer. Eran tres: un fotográfo argentino que trabajaba para la revista "Que Me Dices" y dos cámaras de agencias especializadas en perseguir a Julián Muñoz.
Se explicaban, se miraban, se apoyaban. Se sentían gremio. Es lo que tiene haber compartido tantas horas de espera. Y mientras esgrimían sus argumentos yo recordaba una conversación del 28 de Febrero de 2005 con el redactor de "Aquí hay tomate" en Sevilla. Ese catalán de largas patillas con el que me atreví a hablar de ética.
-¿Tú ves normal especular a las tres y media de la tarde sobre las prostititas con las que se acuestan los futbolistas del Real Madrid?- le pregunté
-¿Y vosotros? Que sacáis a todas las mujeres a las que matan sus maridos- me contestó
Le repliqué que la diferencia estaba en la denuncia social, pero ya para siempre se me quitaron las ganas de hablar de cuestiones morales con ellos, porque descubrí que son tan éticos como yo y como cualquiera, lo que pasa es que están cansados de ataques de los seres que nos creemos superiores y luego, al llegar a casa, no podemos resistir el canto de sirena de la voz de Jorge Javier Vázquez.


Los de este 10 de Mayo eran tres y cuando yo, cansada de cuatro horas y media de espera he decidido marcharme, ellos han seguido esperando a la lumbre de la bolsa de patatas fritas rancias, ya vacía.

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