martes, febrero 21, 2006

Tocando a muerto

Cuando en Cortegana las campanas tocan agonía nos enteramos en menos de cinco minutos de quién se ha muerto. En cuanto las oímos, la larga lista de hombres y mujeres en estado de mala esperanza de la muerte es repasada mentalmente. El siguiente paso, asomarse a la puerta y esperar a que la primera persona que pase te lo diga, suele dar resultado. Lo que jamás falla es la llamada de teléfono: la primera después de las campanas siempre trae la información del quién, cómo, cuándo, dónde y con qué.
En Sevilla las campanas también tocan agonía pero los sevillanos no las pueden escuchar. Como cuando hay lluvia de estrellas, que aunque subas a la terraza más alta no puedes verla y en cambio, a pocos metros de mi casa del pueblo, parece que el cielo se ilumina con cada una de las estrellas que cae.
La diferencia con los muertos de Cortegana y de Sevilla es que los primeros me afectan cuando tienen que hacerlo (por cercanía, por cariño, por familia, por amigos...) y, sin embargo, los de Sevilla me tocan todos. Ayer, el Guardia Civil que la emprendió a tiros contra su mujer y su hija y hoy el gitanito yonki que ha muerto apuñalado en las Tres Mil. Tó yo, tó yo, tó yo.
Lo peor de contar tanto la muerte de otra gente es que me convierto, por una parte, en la vecina que pasa por delante de la puerta o en la primera que llama para contarlo; y por otra, como los fantasmas de las batas verdes y los pijamas blancos, esos que deambulan por los hospitales indiferentes al dolor del que agoniza a su lado, en una insensible. O eso intento y, como mecanismo de defensa, estoy leyendo un libro: "Las Intermitencias de la Muerte", de Saramago, una novela que se desarrolla partiendo de esta pregunta ¿Qué pasaría si un buen día la muerte decidiera no aparecer?... Pues que, tal como están las cosas, a lo mejor me quedaba sin trabajo.

1 comentario:

Raúl Ramírez dijo...

Paloma has dicho el "Avangelio" como los Morancos. Esa agonía y esa vecina q pasa e informa en los pueblos. Hoy te ví con las puñaladas de las 3.000. Suerte... Me encantó este escrito