viernes, julio 08, 2005

7 de Julio: De nuevo el absurdo

La semana pasada estuve en Atocha. Evité pasar por el sitio destinado a los recuerdos, pero se reproducían solos en mi mente. Se nos mostró tanto entonces la masacre por la tele que pasar por allí y no acordarse es imposible. Al menos para mí. Pero allí estaba ella, una niña de tres años con una mochila celeste que hizo que volviera a pensar en la vida. De nuevo los contrastes... y ayer de nuevo el absurdo. El día antes de este de ayer en Londres leí esto sobre los atentados. Lo escribe José Antonio Marina en su libro La inteligencia fracasada en el que intenta dibujar una teoría y práctica de la estupidez. Dice Marina: “Tengo frente a mí las fotografías de una jóvenes universitarias musulmanas ...dispuestas a convertirse en bombas ambulantes y a morir para hacer daño al enemigo. Su suicidio es valeroso pero el marco terrorista en que lo consumaron es inmoral porque instrumentaliza con desprecio a las víctimas. Un niño que va a la escuela, una mujer que piensa en cómo llegar a fin de mes o un hombre alegre porque acaba de pagar la hipoteca de su casa, mueren por un problema que no entienden a o ni siquiera conocen ¿Qué tenían que ver las víctimas del atentado de Atocha con la guerra de Irak? El terrorismo usa una vida humana como medio para conseguir una reivindicación política. La dualidad de niveles resulta patente. Podríamos condecorar a un terrorista por patriota y acto seguido meterlo en la cárcel por asesino.” Y el día después vi las imágenes de un Londres caótico que tanto se parece al Madrid del 11-M. Uno de los periódicos nacionales dice hoy: demasiadas coincidencias. Los terroristas están cumpliendo lo que prometieron: acabar con la foto de las Azores. Pero resulta que como dice Marina son uno de los “gremios” más estúpidos del planeta y dieron pie a lo que a continuación sonó a burla. Veíamos a gente inocente sangrando, escuchábamos las cifras crecientes de los muertos y pocos minutos más tarde la potente imagen de un Tony Blair rodeado por Bush y Chirac resultaba más dantesca que la masacre. De verdad que lo parecía. Dispuestos a matar, nada mejor para empezar que aquel escenario a pocos kilómetros de Londres, donde sí se encontraban algunos de los que fueron a una guerra a sabiendas de la mentira que escondía.

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