martes, mayo 21, 2013

"Salto de la Reja". Experiencia primera

 

 
 
Que llevo varias años siendo habitual de la aldea almonteña no es ninguna novedad. Que soy de las que va al Rocío con poca fe, tampoco. Diciendo que en todos mis años sólo he visto el Salto de la Reja por televisión, explico parte del por qué hiperventilaba de nervios y miedo pensando en que éste tenía, por imperativo laboral, que vivirlo dentro de la ermita en una jornada que empezó a las 7 de la tarde del domingo y concluyó a las 9 de la mañana del lunes.
 
 
Pero nada fue como yo misma me imaginé. Es verdad que la espera es dura, pero soportable. En cuanto llegamos a la aldea e hicimos un par de conexiones de previa a la gran noche, nos fuimos a cenar y, en torno a las doce y media de la noche me metí en la ermita. Mi imiga Isa, que se ha hecho los últimos Lunes de Pentecostés para Radio Nacional, me aconsejó que me buscara una pared. Así lo hice. Una, alejada del altar, en el arco lateral izquierdo desde donde venía el paso de la Virgen. Allí apoyé el incómodo equipo inalámbrico y pude permanecer sentada un par de horas hasta que dejó de ser seguro. A mi lado, tres chavales que había elegido igual que yo y que los almonteños, camisas celestes de listas para vivir aquella noche. Casualidades cósmicas.
 
 
Eran de Dos Hermanas y me contaron que llevaban años haciendo el recorrido completo junto a la Virgen y los almonteños. Parecían saber de lo que hablaban y me descubieron algunos aspectos de la procesión que yo desconocía. Cuando ya nos pusimos de pie para los últimos tramos de la espera, me fueron describiendo cómo iban a ser los momentos previos al que ha sido, sin duda, el Salto de la Reja más civilizado, dentro del caos, de la historia de El Rocío. Cuando ocurrió y, justo cuando la Virgen pasaba ante nosotros, me desearon suerte y se metieron en la marabunta. No violví a verlos más pero les estaré agradecida por haberme hecho más agradable la espera con sus conversaciones.
 
 
Volví a quedarme sola. Las últimas conexiones con los boletines horarios las pude hacer desde dentro de la ermita y desde allí conté, en tiempo real, cómo salía la Virgen hacia las calles de arena. De repente, la ermita se cubrió de un polvo que hacía el ambiente casi irrespirable. Empecé a hacer preguntas  a las personas que me rodeaban y el primero de todos tuvo que apartarme porque una pelea había generado una estampida. Me pisaron el talón y fue el único momento en el que pasé miedo de verdad. Tras el suceso (varios hombres corrían detrás de otro) las dos o tres primeras personas a las que metí micrófono se mostraban avergonzadas y furiosas porque haya quienes se peleen en presencia de una imagen y en el interior de un lugar que para ellos es sagrado.
 
 
El polvo seguía llenando el espacio que iba quedando cada vez más vacío de personas. Pude fijar mi vista y vi muy cerquita de mi a un par de hombres que recogían, en pequeñas botellas, la arena del pasillo central por donde habían pasado los almonteños que portaban a la Virgen. Sólo el segundo fue capaz de hablarme. Me dijo que la recogía para llevarsela a una persona que no había podido venir. Se me llenaron los ojos de lágrimas y no pude seguir preguntándole nada más. Ya no sé si sería por el miedo contenido, por la tensión, por el cansancio o simplemente porque soy humana, pero aquello hizo que me emocionara. Después lloraría una vez más, ya en la puerta, con una chica de mi edad que, con los ojos llenos de lágrimas, me contaba que le había sobrecogido una experiencia que había vivido, como yo, la primera vez. Y me abrazó.
 
La noche siguió y llegó la mañana. Creo que ha sido la noche que más frío he pasado de mi vida. Cuando, con el amanecer, llegaron los compañeros que nos daban el relevo, no pude evitar venirme abajo de cansancio. Fue, además, la primera noche de mi vida de madre en la que no dormí con Cecilia y eso tampoco ayudaba a que controlara mis emociones.
Han tenido que pasar 24 horas para ser capaz de escribir, y mal, sobre el cúmulo de sensaciones, las que observé y las que viví que, en realidad, son las más primitivas del género humano. Una experiencia diferente que, como profesional, me ha dejado sobrecogida y emocionada. Fueron varias las personas que vinieron a valorar que viviera la espera y ese momento dentro de la ermita.  Un rociero me dijo "Esto hay que vivirlo aquí, como estás haciendo tú". ¿Qué otra cosa es, si no, el Periodismo? Estar en el lugar para poder contarlo. Eso es la parte principal de nuestro trabajo, ya estemos cubriendo una sesión de control al gobierno, un partido de fútbol o el Salto de la Reja. Ojalá nos dejen seguir haciéndolo.


 

 

 

Mis gurús


 
 
Hay personas que me enseñan más de mi profesión en una conversación distendida que todos los profesores que tuve en los años de carrera. Con ellas me pasa. Aprendo de la historia recierte del periodismo en esta tierra, y también de los políticos que han ido pasando ante sus micrófonos y grabadoras, mientras ellas se hacían, detrás, más sabias y más críticas.
Tienen mil y una historias y contar y siempre alguna anécdota desconocida que hacen que se cuelen en nuestros encuentros personajes con los que no contábamos: aquel político que guardaba para sí una botella de vino que escondía junto a la pata de la silla; aquella compañera periodista que, en su declaración de guerra contra el sistema, las utilizó como metralla o aquella otra política que defendía la necesidad de conciliar y así lo hacía ella misma dejando una larga lista de tareas a su asistenta.
Ellas saben de la caspa. Que ha sido mucha y ha dado mucho asquito durante años. Por eso yo valoro lo que ellas valoran. Porque le dedican horas a comprender, y a contar después, los movimientos de nuestros políticos. Y si ellas dicen que tal consejera no tiene ni papa pero que se ha rodeado de los mejores, yo me lo creo. Y si marcan las diferencias entre las diferentes formas de hacer política de unos y otros, las escucho. Porque sé que su criterio es fundado y porque cada uno elije a los gurús que le da la gana y las mías son mujeres, saben mucho de Periodismo, de Andalucía, de Compromiso y de Alegría. Y así las quiero.

Premio Huelva de Periodismo 2012



En la jornada previa al Día Mundial de la Salud Mental, un grupo de personas colocó una mesa infortiva en una calle peatonal de Huelva capital para dar difusión al colectivo de personas que sufren enfermedades mentales y a sus familiares. Mi jefe me había hecho el encargo de entrevistar a la presidenta de esta asociación (Feafes). Marina, que así se llama, empezó a hablarme de su propia enfermedad mental y yo me detuve con ella y con otros enfermos y familiares mucho más tiempo. Y los grabé con la grabadora. Al llegar a la emisora, llamé a los compañeros del área de sociedad de la redacción central y les propuse la posibilidad de que me dejaran hacer, desde Huelva, un reportaje para el día siguiente con los testimonios que acababa de recabar. Lo aceptaron y lo hice. Y ese reportaje ha obtenido el Premio Huelva de Periodismo 2012.

Independientemente del valor periodístico que haya visto el jurado en esta pieza, el premio mismo está en trabajar en una empresa (pública, ésta) de comunicación que hace posible abrir ventanas informativas sobre personas de las que no hablamos. Poder hacerlo en positivo, contando sus capacidades, sus problemas, sus reivindicaciones y sus historias fue lo que aquel día dio sentido a mi trabajo. Con estas personas con enfermedad mental es todavía, quizá, más necesario hacerlo porque, más veces de las que me gustaría oir, sólo son protagonistas de la actualidad cuando se cometen actos violentos. Y eso me avergüenza.
Tanto el día que me comunicaron que habíamos obtenido el premio como el día que nos lo entregaron fueron jornadas de una felicidad total. Feliz por el reconocimiento (que una periodista a la que admiro desde pequeña como es Rosa María Calaf, presida un jurado que se ha fijado en mi trabajo, me parece alucinante) y feliz, sobre todo, porque he tenido con quién celebrarlo. Física y virtualmente. La alegría de mis compañeros de trabajo, con los que brindé varias veces en la mañana en que saltó la noticia, y la de mis compañeras y amigas periodistas de Sevilla, con las que brindé por aquella noche, me hacían sentir todavía más afortunada. No me olvido del acto de entrega en el que quisieron rodearme muchísimos compañeros de profesión con los que me fotografié cogiendo en brazos a mi hija.

Es un premio que comparto con un compañero que se sienta al otro lado del cristal. Me han contado que, en la emisora en la que trabajo, nunca antes un redactor había compartido ningún premio con un compañero técnico. Hacerlo no es, oibviamente, mérito mío sino demérito de los que me precedieron. Si con mi conpañero Fernando comparto, como un equipo, mi trabajo del día a día, entiendo de justicia compartir las alegrías que son fruto de ese trabajo.
 

 

domingo, marzo 03, 2013

Carnaval

video
El carnaval de Cortegana pone hoy punto y final. Han sido unos días muy especiales gracias al trabajo de todos los que hacen posible esta fiesta, ya sea en la comisión o en cada una de sus agrupaciones. A todos les estoy muy agradecida, sobre todo a Gregorio Díaz por haberme dado esta hija tan carnavalera.

miércoles, febrero 27, 2013

Suerte, Santi




Santiago González fue el primer compañero que conocí cuando llegué a trabajar a Huelva hace ahora cinco años. Llevaba en la mano una grabadora de minidisc con una pegatina de Cadena Ser a las puertas de la Audiencia Provincial, donde pasaríamos después tantas jornadas. Era el último día de marzo de 2008, un día antes de que yo empezara a trabajar oficialmente en RNE. Entonces ni imaginábamos que nos quedaban por delante unos años maravillosos que lo convertirían en uno de mis amigos más especiales.


Con Santiago González, he compartido inquietudes, libros, copas, visitas de ida y vuelta a Sevilla, Punta Umbría y Cortegana, jornadas de playa, mojitos con hierbabuena, cenas con amigos, desayunos con compañeros de trabajo, interminables horas de espera, conversaciones y algunos de los momentos más importantes de nuestras vidas, como aquella vez que abrí, emocionada, la puerta de la habitación de hospital donde acababa de pasar la primera noche con dos de las personas que son la clave de su felicidad: su chica, Rocío, y su hija, Claudia
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Santiago González es una persona generosa, vitalista, alegre y crítica. Como periodista, además, tiene la virtud de ir siempre anticipándose a lo que va a ocurrir. También tiene una voz grave, masculina y muy radiofónica que es un don completamente innato, con el que nació y que asustaba a las dependientas de los supermercados a los que acompañaba a su madre cuando tenía cuatro o cinco años. Ese don de la naturaleza, que para adaptarlo a su trabajo jamás tuvo que pisar la consulta de un logopeda, es la que va a apartarlo de su pueblo, su familia y sus amigos en una nueva y excitante etapa profesional para la que hoy mismo está haciendo las maletas.


Me cuentan que, en Madrid, en la redacción central de la radio donde trabaja desde hace unos siete años, se han enamorado de su voz. Lo que sus jefes no saben y yo sí, es que cuando conozcan a la persona que se esconde tras ella, ya no lo dejarán escapar.

Reconozco que me emocioné cuando me dio la noticia. Que me puse a gritar y a llorar de alegría y que, de repente, le empecé a hablar de una justicia no sé si divina o providencial, ésa que se merece precisamente él más que nadie, por haber dejado atrás una vida que ya tenía y que podía haber seguido viviendo plácidamente, pero que abandonó para formarse y dedicarse a este oficio que compartimos, tan maravilloso como hijoputa.

Joaquín Sabina le hizo, hace unos años, una canción a otro González, de nombre Ángel, al que describía como "un ángel menos dos alas. Un santo por lo civil". Puede que entiendan ahora porqué, cada vez que lo escucho, pienso en este otro González, de nombre Santiago, que mañana coge un tren que no podía dejar escapar y que sólo se presenta una vez en la vida de personas extraordinarias, como él.

Suerte, amigo.

viernes, febrero 22, 2013

Es trabajo, no privilegio

Yo lo que tengo es un trabajo. A él dedico siete horas y media, como mínimo, al día. Habría que sumarles otras dos de coche porque no tengo la suerte de trabajar en la ciudad en la que he decidido vivir. Un trabajo para el que me levanto a las 5,30 y en el que almuerzo en una pequeña pausa que hago delante del ordenador.

Yo lo que tengo, repito, es un trabajo en el que desarrollo las habilidades profesionales que he ido adquiriendo con el tiempo y la experiencia en otras empresas anteriores y en ésta. Un trabajo para el que me he formado, desde que, a los 18 años, saliera de mi casa, gracias al esfuerzo económico de mi madre que, con una paga por viudedad, pudo pagarme una carrera en la Facultad de Comunicación de una universidad pública. Cuatro cursos que fui compaginando con prácticas en medios de comunicación por las que no me pagaban o lo hacían con "becas" irrisorias. Nunca tuve, en aquellos años, ni un verano de vacaciones. Los pasaba, siempre, en una redacción.

Repito que lo que tengo es un trabajo que obtuve tras un proceso de oposiciones que duró de julio a diciembre, en el que tuve que medirme con otros sies o siete mil aspirantes en cinco pruebas que me hicieron desplazarme a Madrid a costa de mi propio bolsillo y esfuerzo.

He tenido suerte. Eso dicen y yo lo creo. En un país con seis millones de parados, suerte es tener trabajo y mucho más si es estable. Vale. De aceptar que he tenido y tengo "suerte" por poder desarrollar una labor profesional a tener que considerarme una privilegiada va un largo trecho. Porque yo lo que tengo es un trabajo no un privilegio. Y empiezo a estar cansada de que haya quienes están interesados en que cierta parte de mi propia clase, la clase obrera, nos vea a otra parte como unos privilegiados. No, no y no. Yo lo que tengo es un trabajo en una empresa en la que, con sus luces y sombras, me gusta trabajar porque siempre me he creído eso del Servicio Público y la función social del Periodismo. Una empresa, que me ha pagado mi salario cada mes, sin faltar uno, y que me ha ofrecido unas prestaciones sociales que la hacen un buen sitio donde trabajar. Ellos han cumplido su parte del contrato que firmamos y yo la mía, sin faltar nunca a ese acuerdo. Hasta ahora.
La sede de Torrespaña. | E. M.
Esta mañana, al llegar a la emisora, me he encontrado, como el resto de trabajadores de la Corporación RTVE en toda España, la propuesta íntegra de Convenio Colectivo que ha puesto sobre la mesa la dirección. Los recortes que plantea, no sólo en retribuciones, son tan bestiales que suponen una auténtico ataque a la plantilla. Y he pensado que los que mandan en esta empresa son de ésos que quieren que creamos, para callarnos, que somos unos privilegiados. No. Los empleados de esta caso tenemos (no sé hasta cuando hablaremos en presente) un TRABAJO, no un PRIVILEGIO. Que no lo olvide nadie.






sábado, febrero 02, 2013

Confluencias



La firma de Lourdes Lucio vuelve a aparecer en la edición impresa de El País de hoy porque ayer volvió a la casa. Se marchó hace un par de meses, de forma involuntaria. Su nombre aparecía en la lista que expulsaba de este periódico, a través de un ERE, a un tercio de su plantilla. En Andalucía, con ella, salieron 12 compañeros más. Sé que lo ha pasado mal, pero también sé que, en este tiempo, le ha dado tiempo a aprender varias cosas, unas seis o siete, de las que me ha avanzado las tres fundamentales y ha guardado las demás para el día que nos veamos.

También le ha dado tiempo a participar, junto a otro periodista de referencia, Antonio Avendaño, en la interesante iniciativa de la Asociación de la Prensa de Sevilla "Conversaciones entre periodistas".



Asociación de la Prensa de Sevilla
Dice Lucio: "Creíamos que El País era una empresa humana (...) y, en el momento de plantear el despido colectivo se ha comportado como una empresa inhumana".
"Las empresas periodísticas están haciendo las cosas mal y, además, no lo contamos"
"La sensación que tengo es de ser como una apátrida. Yo vivía en una patria muy calentita, muy confortable, una empresa muy fuerte y, de repente, te dicen:
-Expulsada de la patria.
-¿Por qué?
-Pues porque te ha tocado."

Por diferentes motivos (una mudanza, el principal) no he podido ver este vídeo hasta ahora mismo, justo después de pasar la última página de las Memorias Líquidas de Enric González. Hay una confluencia entre lo que dice Lourdes y lo que escribe Enric que asusta. El catalán dedica la última parte de este libro precioso y desgarrador a narrar su etapa final en esta empresa a la que ha dedicado, como Lucio, la mayor parte de su vida: Prisa. Al hombre que dijo aquello de "No podemos seguir viviendo tan bien" mientras, cobrando 13 millones de euros, preparaba un despido masivo en la empresa que dirigía (sí, hablo de Juan Luis Cebián), le dedica González algunas líneas... ¿Duras? Juzguen ustedes: 
"El poder miente, siempre, pero para encontrarse a alguien comparable a Cebrián hay que remontarse a Goebbles".
Algo parecido a lo que ya leímos en el famoso artículo de despedida que escribió en Jot Down y al que tituló Con todos mis respetos.


El libro de Enric me ha hecho disfrutar y, sobre todo, aprender. Hacía tiempo que no leía nada escrito con tanta honestidad. Mi devoción por lo que escribe este señor es sólo comparable a la que siente un monje cisterciense por un texto litúrgico en maitines. ¿Exagerada? Es lo mínimo que puedo sentir por alguien que escribe cosas como éstas:
"Estoy convencido de que un periodista gana fiabilidad si vive como vive la mayoría de la gente. Desplazarse en metro o autobús y comer menús baratos ayuda a saber lo que pasa en la calle y vacuna contra el mal típico del político, del ejecutivo y del periodista acomodado: el aislamiento en comunidades endogámicas que miran desde arriba al resto de los ciudadanos y los ven como números, porcentajes y estadísticas". O "Me parece que un periodista ha de leer como si le fuera la vida en ello, porque le va la vida en ello".
Recomiendo estas Memorias Líquidas a todos los compañeros, especialmente a los afectados y cabreados por las derivas inhumanas de las empresas periodísticas. Pero ojo porque, como dice Miguel González Quiles, mi compañero de La Razón, "Lee con moderación porque las Memorias Líquidas dejan resaca".

lunes, enero 28, 2013

Donde fuimos felices


El lugar en el que fuimos tan felices empezó a autodestruirse en cuanto supo que nos marchábamos. Algo, en sus entrañas, se rompió y empezó a llenarlo todo de un moho negro y maloliente. Primero el techo del baño, después las paredes de nuestra habitación. Más tarde, falló una persiana y, para terminar, la cerradura se negaba a abrir y a cerrar.

El lugar en el que fuimos tan felices se negaba a aceptar la evidencia cuando empezaron a faltar los libros, las estanterías, la ropa, los armarios, los cuadros, los platos y hasta las camas. Hasta que quedó vacío, sólo con un par de lámparas colgando del techo que también se irán esta misma semana.

Entonces empezó a adquirir el aspecto que tenía cuando lo recorrimos por primera vez, siendo dos jóvenes estudiantes. Entonces, nos acompañaba un casero octogenario que firmó con nosotros el último contrato de su larga lista de pisos de alquier. Tras él llegó su hijo y después de nieto. A todos le pagamos, mes a mes, el precio del minúsculo piso que convertimos en nuestra casa, más algún complemento.

Aquel verano, de 2001, teníamos poco dinero y muchas ganas de vivir juntos. Con lo poco que sacamos organizando un campeonato de fútbol sala en el pueblo, compramos dos camas pequeñas. El resto de muebles nos los prestaron. No nos llegó para la tele y, puede que, por eso, no conociéramos hasta el 12 de Septiembre, la noticia que había conmocionado al mundo el día anterior. Poco tiempo después mi madre se presentó con una tele pequeñita de regalo que fue la que tuvimos hasta que, años después, cometimos la horterada de comprarnos una desporporcionadamente grande para nuestro pequeñísimo salón. Cosas de pobres, supongo.

En el lugar en el que fuimos felices recibimos a nuestros amigos y acogimos a nuestros familiares. En él terminamos nuestros estudios y a él volvimos después de firmar nuestro primer contrato. Fuimos devolviendo los muebles prestados y poniendo algunos nuevos. Destinamos el primer sueldo a un aparato de aire acondicionado que, en una ciudad como Sevilla, es un bien de primera necesidad. El segundo sueldo fue para una cama de matrimonio. Así vivíamos, y nos gustaba.

Nos hemos querido mucho. Nos hemos besado en cada metro cuadrado. También hemos discutido y no necesitábamos elevar mucho la voz para que el otro se enterara, desde la otra punta de la casa, de los reproches del uno. Hemos tenido pocas discusiones pasionales. Muy pocas. Y todas terminaron de forma dulce.

En el lugar en el que fuimos felices supe de la muerte de mi abuelo, del accidente de mi tío y algunas otras malas noticias. También aquí nos entró la necesidad de ser padres. Aquí imáginábamos a Cecilia sin conocerla todavía y sin saber que la realidad iba a superar a la ficción. Una mañana calurosa de julio volvimos con ella. Aquí la amamanté, jugamos con ella, la dormimos, aprendió a andar y jugó por primera vez.

Pero el lugar en el que fuimos felices tiene que cerrar sus puertas para que se abran otras en un lugar más grande, más luminoso y más nuevo y, en el que tenemos puestas todas nuestras esperanzas de felicidad y al que llevamos el recuerdo de la que será, para siempre, nuestro primer hogar (de alquiler).

martes, enero 08, 2013

Resurgir


Algunos martes por la mañana he pasado por la esquina y la cola de gente esperando la doblaba. Aguardaban a que abrieran las puertas del Economato Resurgir, en el corazón de Huelva. Todas las veces que observé esa cola, me dieron ganas de pararme, de charlar con ellos, de mostrarlos, a través de la radio, como lo que son: los auténticos sufridores de esta estafa que llaman crisis. Nunca lo hice. Me pudo el pudor.

Esta mañana, el presidente de la ONG que gestiona este supermercado social subvencionado por administraciones públicas y otras entidades, nos ha contado que el perfil de los beneficiarios ha cambiado sensiblemente. Han pasado de atender al "pobre crónico de barrios marginales" a familias de clase media que se han quedado sin nada.

Por fin, y con la excusa de una convocatoria a los medios de comunicación por la renovación de un convenio para su financiación, se nos han abierto las puertas. Pero cuando han visto las cámaras y los micrófonos, los usuarios han corrido despavoridos.

Yo he querido quedarme un rato charlando con los voluntarios. Son unos sesenta, la mayoría mujeres y jubilados. Algunas llevan catorce años haciendo de cajeras en este economato. Ellas sí que han visto cómo cambian los rostros de los que vienen a comprar. Una de ellas me decía que vienen muchos jóvenes, con niños pequeños, o mayores con pensiones que ahora son el único sustento para ellos y las familias de sus hijos.
En las estanterías, productos de primera necesidad, de aseo personal o de la casa. Un pollo, a 93 céntimos, un paquete de pañales a menos de tres. "Las salchichas se las llevan mucho porque están a diez céntimos", me contaba otra de las voluntarias. Ellas les asesoran a los que lo necesitan aunque, una de las señoras que hacía las veces de cajera me aseguró que hay beneficiarios, que les dan una auténtica lección de cómo debe hacerse una compra.

En este economato, 20 euros de compra corresponden a 130 en un supermercado normal. Los productos son de primeras marcas y están en perfecto estado. La diferencia en el precio es debida a que tres cuartas partes del precio están subvencionadas por administraciones públicas como la Diputación de Huelva y otras empresas y entidades.

Charlando con ellas, les confesé que algún martes por la mañana, me había sobrecogido la cantidad de personas que esperaban a la puerta. Una me contó que los martes son los días en los que llegan los autobuses de la gente de la sierra. O sea, que los que esperan en las colas de los martes son mis paisanos, algunos hasta de mi propio pueblo, conocidos seguro.

Y he estado pensando en ellos, mientras me recitaba a mí misma y de memoria este pequeño y precioso canto a la pobreza de Eduardo Galeano que, en mis años de facultad, colgaba en la puerta de mi habitación.

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pié derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
 Los nadies: los hijos de los nadies, los dueños de nada.
 Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
 Que no hacen arte, sino artesanía.
 Que no practican cultura, sino folklore.
 Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
 Que no tienen cara, sino brazos.
 Que no tienen nombre, sino número.
 Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
 Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

miércoles, diciembre 26, 2012

Emoción



Los que odian la Navidad les otorgan a estas fechas una trascendencia que no veo normal. Si no les gusta, no entiendo por qué le dan tanta importancia, aunque lo hagan "por defecto". Esta mañana, sin ir más lejos, una compañera me decía que el 24 se acostó a las diez de la noche. A mi la Navidad me encanta, tanto como la Vida y no de una forma especial.

Ésta, en concreto, la estoy viviendo de forma intensa por varios motivos. Uno de ellos, porque me está tocando trabajar y no está siendo fácil compaginar trabajo y familia, más cuando se quiere llevar todo a la vez y están separados por cientos de kilómetros.

El día de la Lotería, que empezamos tomándolo como un día de fiesta y convivencia en la emisora...



... Acabó siendo un día de trabajo histórico porque pudimos contar que, por primera vez en 200 años, un onubense había comprado, en esta provincia, un décimo de El Gordo. Sólo un décimo que, a nosotros, nos hizo desplazarnos a Villarrasa y conocer a la humilde y feliz familia de Pedro Medina, un hombre que pasará a los libros de historia por la bonita casualidad de haber nacido en el 58.



Pero de todo lo que estoy viviendo esta navidad, me quedo con esta sonrisa:

Mi hija, que empieza a dejar de ser un bebé para empezar a convertirse en una niña que no para de querer jugar, hablar, reir y caminar. Y descubrir eso me ha emocionado, muchísimo, sobre todo cuando la veo correr por las cuestas de mi pueblo.


Y no sé si será por las fechas, o por la emoción, o por la conciencia de que tengo que empezar a preocuparme por la educación de mi hija, pero este vídeo me ha hecho llorar a moco tendido. Todo tiene que ver, lo que pasa aquí con lo que pasa en cualquier lugar del mundo. Ojalá todos pudieran vivir con sus familias la felicidad que yo vivo en estos días, y siempre. Ojalá aprendiéramos a escuchar y a perdonar. Ojalá todos los cuidadanos del mundo pudiéramos vivir en libertad